Ana tiene casi cincuenta años y una hija de dieciséis. Casi toda su vida transcurrió en la misma comuna del sur santafesino, hasta que una mañana cualquiera encontró, del lado de la cama donde dormía su pareja, varios cuchillos envueltos en una sábana vieja. «Sentí un frío que me recorrió todo el cuerpo. Ese día entendí que era él o nosotras», recuerda hoy.
La historia de Ana no es excepcional. Como ella, cientos de mujeres atraviesan cada año situaciones de violencia de género que requieren respuestas urgentes, especializadas y sostenidas en el tiempo. Lo que sí tiene de particular es que encontró una salida, y esa salida tiene nombre y dirección en Rosario.
Los cambios en su relación habían sido lentos, casi imperceptibles. Primero dejó de ir al club, por presión de su pareja. Después vinieron las críticas a su padre, a sus amigas del Eempa donde cursaba, a sus compañeros de trabajo. «Yo no le discutía. Pensaba que eso era lo que hacía una buena esposa», reconoce. Con el tiempo llegaron los golpes, las amenazas y el aislamiento. Mientras intentaba sostener algo de su vida, Ana encontraba refugio en las plantas: había convertido el garaje de su casa en un pequeño vivero y cuidaba especialmente un jazmín que había plantado junto a su hija. El día que lo encontró arrancado de raíz entre las macetas hechas pedazos, algo en ella empezó a decidir.
La salida se construyó en silencio. Con ayuda de una tía logró contactar los dispositivos de protección de la Municipalidad de Rosario. Cuando cruzó la puerta del Centro de Protección Integral Alicia Moreau, llevaba apenas una muda de ropa, sus documentos y a su hija de la mano. Detrás quedaban cuarenta y seis años de vida en el mismo pueblo, una casa, un vivero y la certeza de que ya no podía volver.
Mora, auxiliar social del Alicia Moreau desde hace casi diez años, recuerda vívidamente esa llegada. «La vimos entrar y apenas podía sostenerse en pie. Tenía todo el peso de su mundo encima», describe. Mientras otra trabajadora se llevó a la hija de Ana a jugar, ella pudo quedarse sola por primera vez en mucho tiempo. Entonces se desplomó. «No era solamente cansancio. Era un cuerpo que venía resistiendo desde hacía años», reflexiona Mora.
Meses después, Mora se reencontró con Ana de casualidad en un colectivo. «Estaba hermosa. Arreglada, sonriente. Hasta los problemas de salud habían mejorado», cuenta. La trabajadora social resume así el sentido de su labor: «No estaba sola. Nunca estuvo sola. Eso es justamente lo que ellos les hacen creer: que no sirven, que nadie las va a ayudar, que nadie les va a creer». Y agrega: «Después del temblor hay vida. Y cuando una mujer logra volver a creer en ella misma, nunca vuelve sola. Siempre se lleva un pedacito de todas las que la sostuvieron».
Detrás de cada historia como la de Ana existe una estructura institucional que la hace posible. La Municipalidad de Rosario sostiene el Sistema de Atención Integral en Violencias de Género (Saivg), una política pública que articula dispositivos de prevención, atención, protección y acompañamiento con equipos especializados que intervienen las 24 horas, los 365 días del año. La primera línea de atención está conformada por el Teléfono Verde (0800 444 0420) y un canal de WhatsApp al 341 578, pensados para que ninguna mujer tenga que enfrentar sola el primer paso.
El caso de Ana pone en evidencia algo que los especialistas en violencia de género subrayan con insistencia: el proceso de salida rara vez es lineal ni inmediato. El aislamiento progresivo, la destrucción de la autoestima y el miedo son herramientas de control que los agresores construyen durante años. Por eso, la respuesta institucional no puede limitarse a una guardia de emergencia: requiere acompañamiento sostenido, equipos interdisciplinarios y espacios de contención como el Centro Alicia Moreau, que en Rosario funciona como uno de los principales refugios para mujeres en situación de riesgo.
La historia de Ana termina, por ahora, bien. Pero su relato es también una advertencia sobre cuántas mujeres todavía no encontraron la puerta, o no saben que existe alguien del otro lado dispuesto a abrirla.

Comentarios (15)
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Me hizo llorar esta nota. Pasé por algo parecido hace diez años y no había tanta red de contención como ahora. Que exista el Alicia Moreau y el Teléfono Verde es fundamental. Ojalá más mujeres sepan que pueden llamar.
¿Y cuántas Anas hay que todavía no encontraron la puerta? Esto está muy bien pero falta difusión. La mayoría de la gente no sabe que existe el 0800 444 0420.
Hay que reconocer que la municipalidad tiene armada una red seria en este tema. No es perfecto pero existe y funciona. Eso no es menor.
Sí, existe, pero los tiempos de respuesta a veces son una vergüenza. Una amiga llamó y tardaron horas. Horas que en una situación de riesgo pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Lo del jazmín arrancado me partió el alma. Esos tipos destruyen todo lo que la mujer quiere, hasta una planta. Es una forma de control total.
Trabajo en salud y lo que describe Mora es exacto: el cuerpo acumula años de resistencia. Cuando estas mujeres llegan a un lugar seguro, literalmente colapsan. El acompañamiento tiene que ser largo, no solo la crisis.
Muy buena nota. Pero me pregunto qué pasa con las mujeres de los pueblos chicos del sur de Santa Fe que no tienen acceso a estos centros. El Alicia Moreau está en Rosario, no en todos lados.
Yo soy de un pueblo chico y te digo: el 0800 funciona también para nosotras. Desde ahí te orientan. No es lo mismo que tener el centro cerca, pero algo es algo.
Gracias por publicar esto. Hay que seguir contando estas historias para que las mujeres que están adentro de esa situación sepan que hay salida. Yo tardé tres años en irme. Tres años.
Muy bien la nota pero me parece que habría que hablar también de los recursos que se destinan a esto. ¿Cuántos centros hay? ¿Cuántas trabajadoras sociales? ¿Alcanzan? Eso también es información pública.
Siempre con la misma. ¿Y los hombres que también sufren violencia? ¿Para ellos no hay nada?
Los hombres tienen la línea 144 también y pueden acceder a orientación. Pero los femicidios en Argentina matan a una mujer cada 29 horas. Los números justifican la política focalizada. No es difícil de entender.
Mora es un ejemplo. Diez años acompañando a mujeres en esas situaciones. Ese laburo te tiene que pesar mucho emocionalmente. Hay que valorar a estas trabajadoras.
Ojalá mi vecina lea esto. Llevo meses escuchando cosas del otro lado de la pared y no sé cómo ayudarla sin que él se entere.