Hay un viaje que no se parece a ningún otro: 30 jóvenes de Capitán Bermúdez van a Buenos Aires para ver al Papa León XIV.
El que va a manejar el colectivo es Gonzalo Carbone, sacerdote que acompaña al grupo, y no es un acompañante más: es el conductor del seminario. “Soy el que maneja el colectivo del seminario”, cuenta con entusiasmo.
El grupo viene del Seminario Carlos Borromeo, una escuela secundaria donde los chicos, de 13 a 17 años, se preparan para iniciar el camino del sacerdocio. Allí se arma la expectativa del viaje.
La idea no es un paseo: quieren estar presentes en todas las ocasiones en que el Sumo Pontífice se presente públicamente durante su visita a la Argentina.
El seminario pertenece a la Arquidiócesis de Rosario, a cargo de Monseñor Eduardo Martín. En ese marco, el viaje se organiza como una salida colectiva, con el cuidado de un grupo adolescente y la responsabilidad de un sacerdote que además conduce.
Carbone explica por qué el seminario tiene su propio colectivo: “Lo compramos porque tenemos que hacer muchos traslados, y somos muchos, entonces es más cómodo y también más barato”. Detrás de esa frase hay una logística cotidiana: mover a un grupo grande, con horarios, con destino y con la necesidad de no depender de terceros.
El dato que engancha es simple: un cura que maneja el colectivo. No es un detalle menor. En un viaje en grupo, los traslados suelen ser un dolor de cabeza, y esa imagen mezcla fe, calle y organización.
¿Qué se siente para un chico de 13 años o de 17 años cuando sabe que va a ver al Papa? El entusiasmo del sacerdote deja en claro que el viaje no es una salida más: es una experiencia que se prepara con tiempo y con expectativa.
El viaje apunta al sábado, cuando el grupo espera estar en Buenos Aires para seguir al Papa León XIV. No se trata de una sola misa ni de un solo acto: la intención es acompañar al pontífice en cada aparición pública.
Hay una pregunta que queda flotando: ¿cómo se organiza un viaje así para 30 adolescentes? La respuesta, al menos en el relato de Gonzalo Carbone, pasa por un colectivo propio, un grupo numeroso y una comunidad que sabe moverse.
El caso muestra otra cara de la vida religiosa en Rosario: también hay colectivos, traslados, logística y chicos que se preparan para un camino largo. Y en medio de todo, un sacerdote que prefiere estar al volante.
Con información de: La Capital, sobre el viaje a Buenos Aires.
Comentarios (11)
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Me parece hermoso que un cura se suba al colectivo y no se quede esperando. Eso de acompañar a los chicos de Capitán Bermúdez le da una calidez que no tiene todo el protocolo.
Ojalá el viaje se haga con todas las medidas de seguridad. Son chicos de 13 a 17 años y un colectivo lleno siempre exige cuidado.
Mientras se organiza un viaje para ver al Papa, en Rosario hay barrios donde no hay colectivos para ir a trabajar. No es para criticar la fe, pero el contraste duele.
No es lo mismo un viaje religioso que la falta de transporte urbano. No hay que mezclar las cosas para quedar bien.
Justo se mezcla, porque el mismo Estado que no da transporte básico sí puede organizar eventos masivos. La bronca no es contra la Iglesia, es contra la desigualdad.
30 chicos al Papa y muchos rosarinos sin médico de cabecera. No es para pelear, pero la realidad también es esa.
Concuerdo en parte, pero también hay que reconocer que la Iglesia mueve a muchos jóvenes. No es blanco o negro.
Lo que más me gustó es que el cura dice que es más barato. Eso habla de una gestión simple, no de lujo.
Capitán Bermúdez siempre da historias así: gente que se organiza con lo que tiene y va por lo suyo.
Me quedo con la imagen del cura colectivero. Suena a película, pero es un dato que engancha.