Lo que quedó anoche en el Monumental no se explica con goles: quedó un país entero mirando cómo se baja el telón de Messi en la Selección.
El propio Lionel lo había anticipado hace apenas dos meses, cuando lloró tras la derrota ante España y habló del fin de su ciclo y, tal vez, de la inminencia de la muerte de su padre, Jorge.
“No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien”, dijo Messi en una de las frases que quedaron grabadas en la memoria de Argentina.
El delantero dedicó palabras a su padre: “Tanto me pedías que juegue el último Mundial y días antes de empezar fue cuando peor te pusiste. Era la primera vez que no ibas a estar en un torneo, pero mamá me decía que ibas a estar mejor y que ibas a estar bien para poder viajar.”
“Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien”, cerró Messi en palabras emocionantes.
En estos días, los que lloramos somos nosotros: los que estaban en el Monumental y los que miraban por las pantallas. Porque, al borde de la medianoche, lo que queda es un vacío: lo que fue, lo que no volverá a ser.
Y no es exageración: en ninguna parte se vive y se respira fútbol como en nuestro país. En eso, Messi fue el abanderado, el que prometió no dejarnos tirados y cumplió, llevando la fiesta hasta el Obelisco para mostrarle al mundo que los argentinos podemos hacer fiestas semejantes en las calles sin incidentes y con alegrías.
No somos los mismos que antes de Qatar. Ni éramos los mismos cuando Messi debutó en 2005 y nos ilusionó, y después le tiraron palos y más palos, y le dijeron que era un español que no cantaba el Himno, entre tantas otras cosas.
Él se la bancó. En silencio siguió jugando, y cuando dijo basta dio un paso al costado. Cuando pensó que era el momento de volver, volvió de la mano de otro de estos pagos: Lionel Scaloni.
Por eso la fiesta de anoche fue tan merecida. Posiblemente pocos entiendan tanto a Messi como los jóvenes que crecieron con él: sus compañeros de ruta, hinchas y jugadores. Los más grandes disfrutamos a Diego y pensamos que nunca aparecería alguien igual.
Y Messi, mal que nos pese a los maradonianos, lo superó. Al menos dentro de la cancha. Lo que es afuera, se puede discutir. Pero los números de Leo son únicos.
Ahora, en la cancha, hay gente de todas las edades. No sólo argentinos. Se ve a una pareja con la bandera de Brasil, a un chico con una bandera china. Hay abuelos con nietos, padres con recién nacidos, grupos de amigas y de amigos que bailan al ritmo de los artistas que hacen la previa.
El partido empezó media hora después. Era una noche en la que hasta la impuntualidad estaba permitida. Tal vez porque la demora postergaba más el último tango de Messi, como se promocionaba desde la AFA.
Fue previa y partido de El que no salta es inglés y del Muchachos, tan de nuestros tiempos felices. De aplausos a cada jugador, con Scaloni debajo de Messi.
Lo que queda no es un cierre: es una leyenda que empieza sin Messi en la cancha, pero con su nombre ya en el ADN futbolero.

Comentarios (9)
Deja tu comentario
No me lo puedo creer. El video de Messi hablando de su padre me partió. No era solo fútbol, era una despedida de verdad.
Igual que vos, Marcelo. Lo del Obelisco sin incidentes fue lo que más me quedó. Argentina haciendo fiesta en la calle, no en un estadio.
La demora de media hora se sintió rara, pero en esa noche hasta eso parecía parte de la ceremonia.
Me gustó la nota, pero no alcanza con llorar. La Selección tiene que dejar de depender de un solo nombre.
No es depender de un nombre, es reconocer lo que nadie más pudo sostener. Messi aguantó palos desde 2005 y después llevó a la final.
Con todo respeto, aguantar no es mérito. Si el equipo no funciona sin él, el problema es de todos.
Lo de la bandera china y la de Brasil dice mucho. Messi ya no es solo argentino, es de todos los que crecieron mirando fútbol.
Buen texto, pero me quedo con la bronca: ¿y ahora quién salta? La leyenda empieza, sí, pero el vacío también.