El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, más conocido como CONICET, volvió a instalarse en el centro del debate público argentino. Las búsquedas sobre el organismo superaron las mil consultas en las últimas horas en Google Argentina, reflejando una preocupación creciente en la sociedad sobre el futuro de la ciencia y la tecnología en el país.
El contexto no es casual. La administración de Javier Milei viene aplicando una política de ajuste estructural sobre el gasto público, y el financiamiento de organismos como el CONICET quedó en el ojo de la tormenta. Desde una perspectiva pro-mercado, la pregunta que muchos se hacen es legítima: ¿cuánto le cuesta al Estado sostener una estructura científica de ese tamaño y qué retorno concreto obtiene la sociedad argentina a cambio?
En Rosario y Santa Fe, el impacto es directo. La ciudad alberga importantes centros e institutos asociados al CONICET, vinculados a universidades como la UNR, donde cientos de investigadores, becarios y personal de apoyo desarrollan su actividad. Cualquier recorte presupuestario o congelamiento de ingresos a la carrera científica repercute de manera inmediata en laboratorios, proyectos y en la vida cotidiana de quienes eligieron la ciencia como profesión.
El debate de fondo es más profundo que los números. Quienes defienden el organismo argumentan que la inversión en ciencia y tecnología es estratégica para el desarrollo soberano del país. Del otro lado, voces críticas señalan que el CONICET creció de manera descontrolada durante años de populismo fiscal, incorporando personal sin criterios claros de productividad ni vinculación con las necesidades reales del sector privado y la economía.
Lo cierto es que Argentina necesita una discusión seria y sin hipocresías sobre qué ciencia quiere financiar y con qué modelo. No se trata de destruir la investigación científica, sino de ordenarla, priorizarla y exigirle resultados medibles. En ese sentido, la presión presupuestaria que genera el ajuste puede ser también una oportunidad para reformar un sistema que, según sus propios críticos internos, arrastra décadas de ineficiencias y clientelismo político.
Mientras tanto, en Rosario, los investigadores siguen trabajando con recursos escasos y salarios que perdieron poder adquisitivo frente a la inflación. El tema seguirá siendo tendencia nacional en los próximos días, especialmente si el Ejecutivo avanza con nuevas definiciones sobre el presupuesto científico para el próximo ejercicio fiscal.
Comentarios (4)
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Trabajo en un instituto del CONICET en Rosario hace diez años. Nunca vi tanta incertidumbre. Los becarios no saben si van a poder renovar y los proyectos están frenados por falta de fondos. Esto no es ajuste, es desmantelamiento.
Alguien tenía que poner orden. El CONICET creció sin control durante años, incorporando gente sin criterio. Ahora lloran pero nadie preguntaba de dónde salía la plata. El ajuste es necesario aunque duela.
El problema no es el ajuste en sí, es que no hay un plan claro de qué ciencia se quiere priorizar. Sin esa hoja de ruta, el recorte es a ciegas y perdemos capacidad estratégica como país.
En la UNR esto se siente mucho. Varios compañeros que terminaron el doctorado no pudieron ingresar a la carrera y se están yendo al exterior. La fuga de cerebros es real y es una pérdida enorme para Rosario.