La planta de Electrolux en Rosario cerró sus puertas tras 50 años y dejó a 200 empleados sin trabajo.
El anuncio llegó la semana pasada, cuando los titulares de la empresa dispusieron el cierre definitivo. Para muchos, no fue solo una pérdida laboral: fue el golpe a una identidad construida durante décadas.
“Solo nos queda tristeza porque además de perder el trabajo, uno tenía un sentido de pertenencia con la empresa. Lamentablemente, la forma en que se nos despidió fue bastante cruel”, dijo Adrián Cartazo, delegado de los trabajadores, en diálogo con La Capital.
La bronca no aparece por casualidad. Cuando una fábrica acompaña la vida de una comunidad, el golpe se siente en todo el entorno. Cincuenta años no se borran con una frase: se llevan salarios, oficios y expectativas.
La pregunta que queda flotando es simple y dura: ¿qué va a pasar ahora con 200 familias? ¿Quién va a sostener a quienes pasaron años entregando trabajo y lealtad a una empresa que, de pronto, decidió irse?
No se trata solo de empleo. Se trata de ciudad. Una planta grande no es un dato frío en un balance: es movimiento para la ciudad.
El cierre de Electrolux en Rosario vuelve a poner sobre la mesa una vieja discusión: cómo se comunica un golpe de esa magnitud. La forma importa, porque cuando se despiden 200 empleados, no se despiden números.
Lo que viene será clave. Si la ciudad quiere sostener su tejido productivo, no puede quedarse mirando cómo se apagan planta por planta. Y si los trabajadores quieren recuperar el equilibrio, van a necesitar respuestas rápidas, no promesas de largo aliento.
La tristeza que describe Cartazo no es un detalle menor. Detrás de cada despido hay una rutina que se rompe, una horaria que se desordena y una identidad que se tambalea. Perder el trabajo duele, pero perderlo de una manera que se siente cruda deja una herida más difícil de cerrar.
También pesa el tiempo. Cincuenta años en una misma ciudad no es un dato cualquiera: es una presencia sostenida, una marca que se instala en la memoria de la gente. Cuando esa presencia se retira, el vacío no se llena con una frase.
El sentido de pertenencia que menciona el delegado es lo que convierte a esta historia en algo más que una noticia económica. No es solo una planta que cierra: es un grupo humano que se queda en la calle y una comunidad que pierde un punto de referencia.
Ahora, la mirada se pone en el presente. Con 200 empleados en la calle, la ciudad va a tener que responder con hechos. No alcanza con lamentarse: hay que escuchar, acompañar y buscar salidas que no dejen a nadie tirado en el camino.
Con información de La Capital, sobre el cierre de Electrolux en Rosario.

Comentarios (10)
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50 años en Rosario y así se despide a la gente? Me parece una falta de respeto enorme.
Totalmente de acuerdo. La forma importa, y más cuando son 200 familias.
¿Alguien sabe si van a tener alguna ayuda o si se van a reubicar? Ahí está el problema real.
Eso es lo que falta. Sin respuestas concretas, la bronca se hace más grande.
Rosario pierde otra vez. Cada vez que cierra una planta grande, se va un pedazo de la ciudad.
No es solo Rosario, es todo el país. Pero acá se siente más fuerte porque la planta era grande.
Me da bronca que se despida a 200 y no se vea a nadie dando la cara. La empresa se va y quedan los trabajadores.
Por eso hay que exigir que se escuche a los delegados. No alcanza con un comunicado.
Espero que la ciudad acompañe a los trabajadores. No pueden quedar solos.
Ojalá. Pero si no hay respuestas rápidas, la bronca se va a hacer más grande.