Lo que está pasando con Gran Hermano Generación Dorada no es un fenómeno menor. Es un termómetro cultural. Telefe tomó una apuesta arriesgada: sacar del molde al reality más visto de la Argentina y poblarlo con personas de más de 50 años, esas que la televisión comercial suele ignorar o caricaturizar. Y el resultado, al menos en términos de audiencia y conversación social, está siendo explosivo.
En Rosario, como en cada rincón del país, el tema explota en las redes, en los grupos de WhatsApp familiares y en las sobremesas. La señora del barrio Pichincha que dice que por fin ve gente como ella en la tele. El pibe de 25 que mira con su abuela y descubre que tienen más en común de lo que creía. Esas escenas, multiplicadas por millones, son las que convierten a un programa de televisión en un hecho social.
¿Qué tiene de distinto esta edición? Todo y nada. El formato es el mismo de siempre: la casa, las nominaciones, las alianzas, las traiciones, el ojo que todo lo ve. Pero los protagonistas cambian radicalmente la dinámica. Los participantes de la Generación Dorada traen décadas de vida encima: divorcios, pérdidas, reinvenciones, historias que pesan. No es el drama liviano del veinteañero que llora por un romance de quince días. Acá hay sustancia, o al menos eso promete el formato.
Desde la producción de Telefe saben perfectamente lo que hacen. El canal viene de temporadas exitosas con el Gran Hermano clásico y necesitaba renovar sin perder la fórmula. Apostar por los adultos mayores es, también, un movimiento comercial inteligente: ese segmento etario tiene alto consumo televisivo y una fidelidad a la pantalla que las generaciones más jóvenes, atadas al streaming, ya no garantizan.
Pero más allá del negocio, hay algo que vale la pena preguntarse: ¿cuándo fue la última vez que la televisión argentina puso en el centro de la escena a alguien de 60 años que no fuera para hacer un chiste o dar lástima? La Generación Dorada tiene, si se lo propone, la oportunidad de romper con ese molde. Si lo logra o si termina siendo otro circo de edición manipulada y conflictos armados, lo iremos viendo semana a semana.
En Rosario, ciudad con una fuerte identidad cultural y una población que envejece como en todo el país, el interés es genuino. Los adultos mayores rosarinos no son un dato demográfico: son los que llenaron el Gigante, los que marcharon en el '69, los que construyeron esta ciudad. Verlos representados en pantalla, aunque sea en un reality, tiene un peso simbólico que no hay que subestimar.
El juego acaba de empezar. Y por primera vez en mucho tiempo, los que miran desde el sillón sienten que el juego también es para ellos.
Comentarios (4)
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Por fin un programa donde puedo verme reflejada. Tengo 62 años y siempre fui fanática del Gran Hermano pero nunca me sentí representada. Esto es un cambio enorme.
No me convence. Al final van a hacer lo mismo de siempre: armar drama, editar para que parezca lo que no es. La edad de los participantes no cambia la lógica del negocio.
Lo miro con mi mamá que tiene 71 años y está re enganchada. Dice que es la primera vez que siente que la tele la tiene en cuenta. Eso ya vale algo, ¿no?
Interesante el análisis del artículo. Más allá del morbo del reality, hay algo real en lo que dice sobre la representación de los adultos mayores en la tele argentina. Siempre fueron invisibles o el chiste fácil.