Lo llaman 'Jeringa' y manejaba negocios criminales sin salir de su celda. Desde el pabellón 8 de la cárcel de Piñero, uno de los penales más conflictivos del sistema penitenciario santafesino, este recluso construyó una estructura dedicada al narcomenudeo, las balaceras por encargo y los robos. La Justicia acaba de ponerle precio a esa carrera: 13 años más de prisión.
La condena fue dictada luego de que la Fiscalía acreditara que 'Jeringa' no solo participaba de los delitos, sino que los comandaba. Era el jefe. Daba órdenes desde adentro del penal y la banda ejecutaba afuera. Un esquema que, lamentablemente, ya no sorprende a nadie que siga de cerca la realidad carcelaria de la provincia de Santa Fe.
Lo que sí llama la atención —o debería— es que esto no es la primera vez. Dos años atrás, 'Jeringa' ya había sido condenado por delitos similares, también instigados desde el encierro. Esa condena previa sumaba 10 años. Con la nueva sentencia, la pena total asciende a 23 años de prisión. La pregunta que queda flotando es inevitable: ¿cómo es posible que alguien ya condenado por liderar una banda desde la cárcel siga liderando una banda desde la cárcel?
El pabellón 8 de Piñero tiene una historia que los investigadores conocen bien. No es un dato menor que la Fiscalía haya identificado ese espacio físico como la base de operaciones de la organización. Los pabellones, en muchos casos, funcionan como territorios con lógica propia: jerarquías internas, códigos de silencio y, en los casos más graves, como este, como verdaderas oficinas del crimen organizado.
El narcomenudeo que coordinaba 'Jeringa' desde su celda alimentaba el mercado callejero de algún barrio de Rosario. Las balaceras que ordenaba sembraban miedo en vecinos que no tienen nada que ver con ese mundo. Los robos que planificaba afectaban a personas concretas. Todo eso, mientras el Estado lo tenía supuestamente bajo control, encerrado, pagando su condena anterior.
¿Cuánto más va a costar entender que encerrar a alguien sin cortar sus redes no resuelve nada? La condena de 23 años acumulados es una señal de que la Justicia actuó. Pero la pregunta de fondo —cómo una persona privada de su libertad puede seguir dirigiendo operaciones criminales durante años— todavía espera una respuesta seria del sistema penitenciario santafesino. Porque mientras esa respuesta no llegue, el pabellón 8 de hoy puede ser el pabellón 12 de mañana.

Comentarios (12)
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23 años en total y siguió delinquiendo desde adentro. Eso no es un fallo del sistema judicial, es un fallo del sistema penitenciario. Alguien tiene que responder por esto.
¿Y los guardias del pabellón 8 qué hacían? Pregunto para un amigo.
Bien que lo condenaron, pero la pregunta es cómo llegó a hacer todo eso estando preso. Eso es lo que me preocupa como vecina de Rosario.
Exactamente Silvia. La condena está bien pero es como tapar el sol con la mano. El problema es estructural.
¿Estructural? No, es corrupción lisa y llana. Alguien le pasaba el teléfono, alguien miraba para otro lado. Eso tiene nombre y apellido.
Trabajo en el sistema judicial y les digo: la condena es un logro importante de la fiscalía. Probar que alguien lidera una banda desde adentro no es fácil. El problema de los celulares en los penales es otro debate.
Otro debate? No, es EL debate. Si no cortás las comunicaciones, la condena no sirve de nada. Va a seguir desde otra celda.
23 años. Bien. Que se pudra.
No comparto esa lógica. 'Que se pudra' no soluciona nada si desde adentro sigue mandando. El artículo lo dice claramente: ya estaba condenado y siguió igual.
En el barrio todos sabíamos quién era este tipo. Lo que no entendemos es cómo la gente del penal no lo sabía.
Muy buena nota. Ojalá se investigue también a quienes le facilitaban operar desde adentro. Eso es complicidad.
Cada vez que leo estas noticias me pregunto en qué país vivimos. Preso y con más poder que muchos en libertad. Una vergüenza.