Hay una fecha en el calendario que debería ser de fiesta y termina siendo, casi siempre, un espejo incómodo. El 11 de septiembre, Día del Profesor en Argentina, vuelve a encontrar a los docentes de nivel secundario de Santa Fe y Rosario entre el aplauso protocolar y una realidad que no cierra: salarios que corren de atrás a la inflación, aulas superpobladas y una vocación que el sistema parece empeñado en desgastar.
El tema es tendencia nacional en las búsquedas de Google Argentina, y no es casualidad. Miles de estudiantes, familias y los propios docentes buscan información sobre la fecha, su origen y —sobre todo— qué está pasando hoy con la educación secundaria en el país. La respuesta, lamentablemente, no es para festejar con globos.
En Rosario, la situación tiene sus propios matices. Los profesores de las escuelas secundarias públicas de la ciudad llevan meses conviviendo con una ecuación imposible: más horas frente al aula, menos poder adquisitivo en el bolsillo y una infraestructura que en muchos casos no acompaña. ¿Cuánto más se le puede pedir a alguien que elige pararse frente a treinta pibes todos los días sabiendo que el sistema no le devuelve lo que merece?
La fecha tiene su historia. El Día del Profesor se conmemora en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, el sanjuanino que hizo de la educación una bandera política y cultural. Murió un 11 de septiembre de 1888. Más de un siglo después, su legado se celebra con discursos bonitos y tortas en la sala de profesores, mientras la discusión de fondo —la paritaria docente, las condiciones reales de trabajo— sigue sin resolverse de manera satisfactoria.
En Santa Fe, los gremios docentes vienen reclamando desde hace tiempo una recomposición salarial que esté a la altura del costo de vida. La provincia no escapa a la tensión que se vive en todo el país entre los gobiernos provinciales y los sindicatos del sector. El resultado: profesores que hacen malabares para llegar a fin de mes, muchos con dos o tres cargos encadenados, sacrificando tiempo y energía que después no tienen para preparar clases como quisieran.
Y acá está el nudo de todo: cuando un profesor está agotado y mal pago, quien pierde no es solo él. Pierden los chicos. Pierde el aula. Pierde la sociedad entera, aunque le cueste reconocerlo.
Hoy, mientras en las redes circulan las dedicatorias y los memes de siempre, vale la pena ir un poco más al fondo. El mejor homenaje que le podemos hacer a un profesor no es una tarjetita de WhatsApp. Es exigirle al Estado —nacional y provincial— que trate a la educación pública como lo que es: la inversión más importante que puede hacer una sociedad. Todo lo demás es verso.
Comentarios (4)
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Soy profe de historia en una secundaria de Rosario y esto lo describe perfecto. Tres cargos, dos colectivos y llego a casa sin energía para corregir como se merece. Gracias por visibilizarlo.
Y mientras tanto los políticos se suben el sueldo solos. Una vergüenza lo que le pagan a los docentes en esta provincia.
Mi viejo fue profesor 35 años. Nunca se quejó, pero yo lo vi llegar agotado siempre. Hoy lo recuerdo con mucho orgullo. Feliz día a todos los profes.
Buen artículo pero me parece que falta hablar de los profes que tampoco se ponen la camiseta. No todos son víctimas del sistema, algunos directamente no dan clases.