El nombre de Griselda Gambaro vuelve a estar en boca de todos los argentinos. La dramaturga, novelista y escritora porteña, considerada una de las figuras más importantes del teatro latinoamericano contemporáneo, es tendencia en Google Argentina con cientos de búsquedas que reflejan el interés renovado por su obra y su legado cultural.
Gambaro es mucho más que un nombre en los libros de texto. Es una voz que incomodó al poder, que denunció la violencia, la opresión y la injusticia social cuando había que tener agallas para hacerlo. Sus obras como El campo, Decir sí o Antígona furiosa son piezas que todavía hoy sacuden conciencias. Y eso, compañeros, no es poca cosa.
Desde Rosario, la comunidad teatral y cultural no es ajena a este interés nacional. La escena teatral rosarina, una de las más vibrantes y comprometidas del interior del país, siempre tuvo una relación profunda con la obra de Gambaro. Sus textos se estudian en el Instituto Superior de Arte, se montan en los teatros independientes del Abasto y del Centro, y se debaten en talleres literarios de los barrios. Porque acá, en Rosario, la cultura no es un privilegio de pocos: es una herramienta del pueblo.
Lo que hace grande a Gambaro es exactamente eso: nunca escribió para la élite. Escribió para nombrar lo que otros callaban. Durante la dictadura, su obra fue prohibida. Tuvo que exiliarse. Y aun así, siguió escribiendo, siguió resistiendo. Eso es lo que los trabajadores de la cultura rosarina reconocen y valoran: el compromiso, la coherencia, la valentía de no bajar la cabeza ante los que mandan.
En tiempos donde el gobierno de Milei ajusta el presupuesto cultural hasta el hueso, donde el INCAA sangra, donde los espacios culturales cierran por falta de financiamiento, hablar de Gambaro es también hablar de resistencia. Es recordar que la cultura pública, la que el Estado debe garantizar, es la que da voz a los que no tienen micrófono. La que forma ciudadanos críticos, no consumidores obedientes.
Los teatros independientes de Rosario, que sobreviven con las uñas y con la militancia de sus actores y directores, son los herederos directos de esa tradición que Gambaro encarna. Cada función que se da en un sótano del Pichincha, cada taller de dramaturgia en un centro cultural de barrio, es un acto político en el mejor sentido de la palabra.
Griselda Gambaro nos recuerda que el arte no es decoración. Es memoria, es denuncia, es futuro. Y mientras haya rosarinos que llenen las salas, que lean, que debatan, que creen, su legado va a seguir vivo. Eso no lo apaga ningún ajuste.
Comentarios (4)
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Gambaro es una genia. La estudiamos en el secundario y me cambió la cabeza. Ojalá los pibes de hoy la conozcan más.
Justo ahora que recortan la cultura hablar de Gambaro es más necesario que nunca. El teatro independiente rosarino la tiene muy presente.
No entiendo por qué es tendencia ahora, ¿pasó algo puntual? De todas formas bienvenido que se hable de ella.
En el taller de teatro del Centro Cultural del barrio leímos 'Decir sí' el mes pasado. Una obra cortita pero te parte el alma. Gambaro es imprescindible.