Lo que parecía el comienzo de una vida nueva terminó de la peor manera posible. Camila, una joven rosarina que soñaba con ponerse el uniforme de Gendarmería Nacional, fue asesinada en San Juan por su marido, con quien llevaba apenas dos meses de casada. Golpes y cuchillazos. Eso fue lo que encontró la policía cuando ingresó al domicilio donde convivía la pareja.
La escena era brutal. Y la historia detrás, de esas que duelen porque hablan de una vida entera por delante, cortada de cuajo. Camila no era una chica sin rumbo: tenía proyectos, tenía vocación, tenía ganas. Había estudiado enfermería en Rosario y le faltaban solo unas pocas materias para recibirse. Después vino la decisión de dar un paso más: anotarse en el proceso de formación para ingresar a Gendarmería. Estaba a punto de lograrlo.
¿Cuántas veces vemos estas historias y seguimos sin entender que el peligro muchas veces está adentro de la casa? La familia de Camila hoy intenta procesar el dolor desde Rosario, a más de 800 kilómetros de donde ocurrió el crimen, sin poder estar cerca del lugar donde se desarrolla la investigación, sin poder abrazar el cuerpo de su hija, su hermana, su nieta.
El acusado es Carlos, el marido. La pareja llevaba apenas dos meses de casada cuando ocurrió el femicidio. Lo que todo indicaba que era un nuevo capítulo —el casamiento, la mudanza, el futuro compartido— se convirtió en el escenario de un crimen que sacude a dos provincias.
El caso se investiga en San Juan, donde la Justicia local tiene la causa. Pero el corazón de esta historia late en Rosario, donde la familia de Camila reclama que no quede impune. Que haya condena. Que su nombre no sea uno más en la lista interminable de mujeres asesinadas por sus parejas en la Argentina.
Rosario no es ajena a esta realidad. La ciudad lleva años conviviendo con índices de violencia de género que preocupan a organizaciones sociales y a la propia Justicia provincial. Cada femicidio que se registra en Santa Fe —o que involucra a una santafesina en otra provincia— vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta sin respuesta satisfactoria: qué estamos haciendo mal, y qué falta para que esto pare.
Camila quería servir. Quería cuidar a otros, primero desde la enfermería, después desde la seguridad. Tenía esa fibra. Y la vida le dio como respuesta la peor de las violencias, en el lugar donde se supone que una persona debería estar más segura.
Su familia pide justicia. Y tiene razón en pedirla.

Comentarios (13)
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Me parte el alma. Una chica que quería ser gendarme, que quería cuidar a otros, y la mató el que se suponía que la tenía que cuidar a ella. No hay palabras.
Y encima la familia tiene que pelear la justicia desde acá, a 800 km. El sistema te abandona dos veces: primero no te protege, después te deja solo con el dolor.
Che, ¿cuándo van a empezar a hablar de los hombres que también son víctimas de violencia doméstica? Siempre todo para un solo lado.
Marcelo, no es el momento ni el lugar. Una chica está muerta. Muerta. Golpeada y apuñalada por su marido. ¿En serio ese es tu aporte?
No digo que no sea grave, digo que el debate tiene que ser más amplio. Pero bueno, si quieren solo indignarse sin pensar, adelante.
Estudiaba enfermería, quería ser gendarme... tenía todo para adelante. Esto es una tragedia en todo el sentido de la palabra. Fuerza a la familia.
El 144 existe pero poca gente lo conoce o no lo usa a tiempo. Habría que hacer más campaña en los barrios, en las escuelas. Esto no se frena solo con condenas.
Dos meses de casada. DOS MESES. Y ya la mató. Eso no se improvisa, ese nivel de violencia venía de antes. ¿Nadie vio nada? ¿Nadie dijo nada?
A veces la violencia no se ve hasta que es demasiado tarde, Tere. No siempre hay señales claras. Por eso hay que educar desde chicos, no esperar a que pase algo.
Ojalá la Justicia de San Juan no deje prescribir esto ni lo archive. Que paguen los que tienen que pagar.
Cada vez que leo una nota así me pregunto si algo va a cambiar de verdad algún día. Y la respuesta me da miedo.
Justicia para Camila. Nada más que decir.