Tenía 90 años y hasta el final siguió siendo lo que siempre fue: un hombre que creía que la historia no era un adorno de salón sino una herramienta de transformación. Norberto Galasso murió este lunes en Buenos Aires y con él se va uno de los últimos grandes del revisionismo histórico argentino, una figura que dedicó más de seis décadas a contar la historia desde abajo, desde los que siempre quedaron afuera del relato oficial.
La noticia sacudió los ámbitos intelectuales y políticos del país. Cristina Kirchner fue una de las primeras en despedirlo en redes sociales: "Despedimos con mucha tristeza a Norberto Galasso. Gran compañero. Historiador imprescindible de la Argentina". El historiador Felipe Pigna también se sumó al homenaje: "Hasta siempre maestro Norberto Galasso, gran historiador argentino. Gracias por tanto". El gobernador bonaerense Axel Kicillof lo definió como un "referente indiscutido del pensamiento nacional".
Galasso había nacido en Buenos Aires el 28 de julio de 1936. Hay una paradoja en su vida que él mismo nunca escondió: se recibió de contador público en la UBA en 1961, pero volcó toda su energía intelectual a la historia. Siguiendo la huella de maestros como Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche, construyó una obra monumental que cuestionó la versión liberal e higienizada de la historia argentina para poner en el centro a los pueblos, las luchas federales y los movimientos populares. También ejerció la docencia y llegó a ser rector del Instituto Superior de Periodismo José Hernández.
Su recorrido político fue coherente con esa visión. En la década del 60 se incorporó a la Izquierda Nacional, el espacio encabezado por Jorge Abelardo Ramos, desde donde desarrolló una interpretación de la historia que articulaba socialismo, cuestión nacional y unidad latinoamericana. Más tarde se acercó al peronismo: en los años 70 mantuvo vínculos con la Juventud Peronista y en 1973 se desempeñó como síndico de Eudeba, la Editorial Universitaria de Buenos Aires, entonces dirigida por el propio Jauretche.
Su producción bibliográfica es, en cualquier medida que se use, impresionante. Las fuentes difieren en el número exacto —algunas hablan de más de 50 obras, otras de más de 70 libros—, pero el peso de esa obra es indiscutible. Biografías y estudios sobre Juan Domingo Perón, Eva Perón, José de San Martín, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Enrique Santos Discépolo, John William Cooke y Felipe Varela, entre otros, se convirtieron en materiales de referencia para entender las contradicciones de la formación nacional argentina.
Pero Galasso no era solo un hombre de biblioteca. Quienes lo conocieron de cerca cuentan algo que lo distingue de muchos intelectuales de su generación: su disposición a bajar al llano, literalmente. El diputado Eduardo Toniolli lo recordó con una imagen que dice todo: "Lo conocimos en los '90, cuando —bolsito en mano y sin más retribución que la satisfacción del deber cumplido— venía a Rosario a reunirse con un puñado de pibes, para recorrer juntos la huella que habían dejado otros hombres y mujeres del pensamiento nacional". Era habitual verlo en sindicatos, centros estudiantiles y locales militantes de Rosario, en pleno apogeo del neoliberalismo de los noventa, cuando muchos jóvenes buscaban reconstruir una identidad nacional que el menemismo parecía haber enterrado.
¿Cuántos intelectuales de ese nivel hacen eso? ¿Cuántos se suben a un colectivo con un bolsito y van a discutir historia con pibes en un local de barrio, sin cobrar un peso? Esa ética militante, esa coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace, es quizás el legado más difícil de reemplazar.
Su metodología nunca fue la de la academia cerrada. Fue la de la trinchera de ideas: la historia puesta al servicio de la liberación. Con 90 años y una obra que pocos pueden igualar en extensión y compromiso, Norberto Galasso se va. Pero los libros quedan. Y en Rosario, queda también el recuerdo de ese hombre con el bolsito que llegaba a discutir con los pibes. Eso no se olvida fácil.
Con información de: La Capital, Rosario3, El Ciudadano.

Comentarios (15)
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Un gigante. Lo escuché hablar en la Facultad de Humanidades hace como veinte años y me cambió la cabeza. Esos tipos no se reemplazan.
Descanse en paz. Pero seamos honestos: estos historiadores 'nacionales y populares' siempre terminan siendo funcionales a un partido. La historia no debería ser militancia.
Discrepo totalmente. Toda historia tiene un punto de vista ideológico, incluso la que se presenta como 'neutral'. Galasso al menos era honesto al respecto. Los Mitre y los López también tenían su agenda.
Che Roberto, una cosa es tener perspectiva y otra es escribir panfletos con citas. Algunos de sus libros sobre Perón son hagiografías, no historia.
Lo de que venía a Rosario con el bolsito sin cobrar un mango me llegó al alma. Eso es coherencia. Hoy los intelectuales cobran 500 dólares por una charla de una hora.
Grande Galasso. Aunque reconozco que su visión del peronismo era bastante acrítica. Pero su aporte a la divulgación histórica es innegable. Que descanse.
Cristina lo despide en redes y mientras tanto el kirchnerismo destruyó todo lo que Galasso defendía: la industria nacional, el trabajo, la soberanía. Qué hipocresía.
Che, no todo tiene que ser una pelea política. El hombre murió a los 90 años después de una vida dedicada a la cultura. ¿No podemos dejarlo descansar en paz sin hacer campaña?
Yo lo conocí en una charla en el sindicato de empleados de comercio en los 90. Llegó solo, sin asistentes, sin protocolo. Se sentó en una silla de plástico y habló dos horas. Eso no se olvida.
70 libros. SETENTA. Yo no terminé de leer uno en el último año. El tipo era una máquina.
Felipe Pigna lo llama maestro, pero Pigna hace programas de TV con sponsors corporativos. Galasso nunca se vendió. Son dos mundos distintos dentro de la misma corriente.
En el secundario me hicieron leer uno de sus libros sobre Jauretche y me pareció denso. Ahora que soy grande entiendo por qué era importante. Lástima que llegué tarde para decírselo.
Y mientras lloramos a los grandes pensadores, las escuelas de Rosario no tienen calefacción y los pibes no leen ni el Whatsapp. Algo habremos hecho mal en la divulgación.
Eso no es culpa de Galasso, es culpa de los que gobiernan. El tipo hizo su parte, y de sobra.