Los números no mienten, aunque duelan. La industria textil argentina está atravesando uno de sus peores momentos en décadas: la producción cayó un 25,6%, más de 10 veces por encima del promedio industrial, y el sector arrastra una hemorragia de cierres y despidos que ya dejó marcas profundas en ciudades como Rosario, donde el tejido productivo fabril siempre tuvo peso histórico.
El dato lo reveló un informe reciente que encendió las alarmas en el sector: más de 300 fábricas bajaron sus persianas y más de 15.000 trabajadores perdieron su empleo. No son estadísticas abstractas. Son familias, son barrios, son décadas de oficio que se van por la cañería mientras el Estado mira para otro lado y las góndolas se llenan de ropa importada.
¿Cuánto más puede aguantar un sector que ya venía golpeado antes de esta caída libre? La pregunta no es retórica: es urgente.
El informe también marca un retroceso en la inversión dentro del sector, lo que anticipa que el panorama no va a mejorar en el corto plazo. Sin máquinas nuevas, sin crédito accesible y sin demanda interna que traccione, las empresas que sobrevivieron están operando al límite. Muchas de las que siguen abiertas lo hacen con turnos reducidos o con parte del personal suspendido.
El otro factor que agrava el cuadro es el aumento sostenido de las importaciones de prendas terminadas. Con el tipo de cambio y la apertura comercial que impulsó el gobierno nacional, la ropa extranjera —especialmente la de origen asiático— inundó el mercado local a precios que ninguna fábrica argentina puede competir sin resignar rentabilidad o calidad. El resultado es previsible: el consumidor elige el precio, la fábrica local pierde, y el trabajador queda en la calle.
En el Gran Rosario, el impacto se siente en los talleres del cordón industrial y en los pequeños emprendimientos textiles que proliferaron en los últimos años como alternativa laboral. Muchos de esos emprendedores, que apostaron al sector con créditos y esfuerzo propio, hoy están mirando cómo su inversión se licúa frente a la competencia importada.
Las cámaras empresariales del sector vienen reclamando desde hace meses medidas de protección: desde aranceles diferenciados hasta líneas de financiamiento específicas para modernización. Hasta ahora, las respuestas oficiales fueron más bien tibias, y el sector siente que no está en la agenda de prioridades del gobierno de Javier Milei, cuyo modelo apuesta a la apertura y la desregulación como motores del crecimiento.
El problema es que la industria textil no es solo economía: es identidad productiva. Argentina tuvo durante décadas una industria de la indumentaria que daba trabajo calificado, que sostenía pymes familiares, que formaba técnicos y diseñadores. Desmantelarla en nombre de la eficiencia del mercado tiene un costo social que no aparece en ningún balance, pero que se siente en cada barrio donde cierra una fábrica.
Si la tendencia no se revierte, el sector textil podría perder en los próximos meses lo que tardó generaciones en construir. Y eso, a diferencia de una prenda importada, no tiene reposición.

Comentarios (13)
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Tengo una fábrica chica en el Abasto desde hace 22 años. Nunca la pasé tan mal. No es que no queremos competir, es que es imposible competir con una remera que viene de China a 3 dólares. Alguien tiene que decirle esto al gobierno de una vez.
Y bueno, si no son competitivos que cierren. El consumidor elige lo más barato, eso es el mercado. No podemos sostener industrias ineficientes con proteccionismo eternamente.
Fácil decirlo desde el teclado. Vení a decirle a mis 8 empleados que son 'ineficientes'. Ninguno de ellos va a conseguir trabajo en el sector servicios que tanto prometen.
Trabajo en diseño de indumentaria y esto es una catástrofe. No solo cierran fábricas, también cierran talleres de costura, estudios de diseño, distribuidoras. Es toda una cadena que se rompe y nadie lo ve.
Yo entiendo que la ropa importada es más barata pero también hay que pensar que si no hay trabajo acá, tampoco hay plata para comprar nada. Es un círculo vicioso que termina mal para todos.
El proteccionismo de los 90 tampoco funcionó. Ni el de los Kirchner. En algún momento hay que modernizarse.
15.000 familias sin trabajo y el gobierno hablando de superávit. Que superávit ni que nada, eso es miseria organizada.
jaja y los mismos que votaron a milei ahora se quejan. se los dijimos
No todo es culpa de Milei, esto venía cayendo hace años. Pero sí, la apertura importadora sin red de contención aceleró todo. Hay que ser honestos con el diagnóstico.
Soy docente en una escuela técnica con orientación textil en Rosario. Mis alumnos se reciben y no encuentran dónde trabajar. Estamos formando chicos para un sector que se está destruyendo. Es desesperante.
300 fábricas cerradas y nadie sale a cortar una ruta. Antes por menos había piquetes en toda la provincia. Algo cambió en la cabeza de la gente.
Mi marido trabajó 18 años en una hilandería del cordón industrial. Lo echaron en marzo. Todavía no consiguió nada. Esto no es un número en un informe, es nuestra vida.
El problema estructural es que Argentina nunca pudo sostener una política industrial de largo plazo. Cada gobierno cambia todo y el sector no puede planificar. Igual, esta apertura fue demasiado abrupta y sin gradualismo.