Lo que paso en el predio de REDI el Día del Niño no fue solo una colecta. Fue el cierre de un círculo que empezó hace ocho años, cuando una mujer venezolana llegó a Rosario con tres hijos, sin obra social, sin trabajo en su área y con un nene que no podía respirar bien. El Hospital Vilela la recibió. Hoy, ella les devuelve el favor con 300 donas artesanales y una recaudación récord para la sala de oncología pediátrica.
Milángeles Nazareth tiene 36 años y una historia que parece escrita para que nadie se queje de nada. A los 10 años ya sabía lo que era perderlo todo: vivía en La Guaira, Venezuela, cuando en 1999 la Tragedia de Vargas —esa avalancha de barro que mató a miles de personas y borró pueblos enteros— se llevó su casa. Su familia tuvo que empezar de cero en Puerto Ordaz. Dos décadas después, con dos carreras universitarias encima —Administración de Recursos Humanos y Gestión Ambiental—, la hiperinflación venezolana la acorraló de nuevo. «En Venezuela tenías dos opciones: o practicabas tus recetas o no comías», recuerda hoy sin dramatismo, con la serenidad de quien ya procesó lo que vivió.
La decisión de emigrar no fue fácil. Su abuela, que se quedó en Venezuela, le pedía que no se fuera y le proponía vender refrescos en la puerta del departamento para sobrevivir juntas. Milángeles le explicaba con paciencia: «Abuela, ¿quién me va a comprar un refresco si no hay para comer?». Esa conversación quedó grabada a fuego. Hoy, ocho años después, el gran anhelo de Milángeles es volver a buscarla para que conozca en persona a su bisnieta de tres años. La abuela tiene edad avanzada y no puede viajar sola. «Eso siempre me retumba en la cabeza», dice.
Su marido llegó primero a Argentina. Ella lo siguió tres meses después. Un año más tarde, los tres hijos estaban reunidos en Rosario. La inserción profesional en su área fue imposible, como le pasa a la mayoría de los migrantes con títulos universitarios extranjeros. Pero Milángeles tenía algo que muchos subestiman: un curso básico de repostería y ganas de probar. Empezó a hacer donas en la cocina de su casa y a llevarlas a ferias barriales. La respuesta del rosarino, dice, la sorprendió. «Desde la persona que nos alquiló la habitación de hotel donde vivimos los primeros seis meses hasta las familias que nos alquilaron después, siempre encontramos gente maravillosa que hoy es parte de nuestra vida». Así nació Mil Donas, el emprendimiento familiar que hoy la tiene presente en ferias y eventos de la ciudad.
Pero el vínculo más profundo no es con las ferias. Es con el Hospital Vilela, el hospital público del barrio Fisherton que en 2019 atendió a su hijo menor cuando llegó a Rosario con problemas serios de asma y afecciones respiratorias. Sin obra social, sin plata, sin contactos. Los vecinos le dijeron: «Andá al Vilela». Y el Vilela respondió. «Me lo atendieron de inmediato. Los médicos le hicieron el diagnóstico, lo acompañaron y lo curaron. Por eso tengo una conexión tan profunda y linda con ese hospital: me dieron todo cuando no tenía nada», cuenta con la voz que se le quiebra apenas un poco.
Esa deuda de gratitud la viene pagando de a poco. Tiempo atrás llevó cajas de donas para que los chicos del área oncológica las decoraran. Hace pocos días, en el marco de la jornada del Día del Niño organizada por la trolebuses-reconvertidos.html" class="auto-link">Municipalidad de Rosario y el Paseo de los Patos en el predio de REDI, la convocaron para sumarse a la colecta de la Fundación Vilela. La propuesta inicial era donar 100 unidades. Milángeles llevó 300 donas artesanales, una por cada bono de contribución vendido para la sala de oncología. La gente respondió más allá de lo esperado y la jornada terminó con una recaudación récord.
¿Cuántas historias como la de Milángeles quedan invisibles en la ciudad? Probablemente muchas. Personas que llegaron con lo puesto, que encontraron en el sistema público de salud lo que no podían pagar, y que buscan la manera de devolver algo. No con discursos ni con reclamos, sino con trabajo y con gestos concretos. En este caso, con 300 donas y una gratitud que no prescribe.
El Hospital Vilela, que atiende a miles de pacientes por año en el noroeste de Rosario, sigue siendo uno de esos espacios donde el Estado todavía aparece cuando más se lo necesita. Que una migrante venezolana lo sepa mejor que muchos rosarinos de toda la vida dice algo sobre cómo se valora lo que se tiene cuando se sabe lo que es no tenerlo.

Comentarios (13)
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Qué historia más hermosa. Llorando en el trabajo, gracias. Esto es lo que necesitamos leer, no solo tragedias.
El Vilela es un orgullo. Ojalá el gobierno provincial le diera los recursos que merece en vez de tenerlo siempre al límite. Esta señora lo valora más que muchos funcionarios.
Che, ¿y los argentinos que necesitan atención y no consiguen turno? No digo que ella no merezca ser atendida, pero hay que hablar de todo.
El sistema público es para todos, eso no es discutible. Y encima ella devuelve con trabajo y gratitud. ¿Qué más querés?
No dije que no sea para todos, dije que hay que hablar de los recursos. Pero bueno, si señalar un problema te parece xenofobia, problema tuyo.
Yo la conozco de la feria de Fisherton. Las donas son una locura, en serio. Y ahora encima me entero de toda su historia. Genia total.
Lo de la abuela que no puede viajar me partió el corazón. Ocho años sin verla. Ojalá pueda ir a buscarla pronto.
Vivo a tres cuadras del Vilela y confirmo: atienden a todo el mundo, siempre. Con los recursos que tienen hacen milagros. Esta historia lo resume perfecto.
Dos carreras universitarias y tuvo que reinventarse haciendo donas. No porque no valga, sino porque el sistema no reconoce los títulos extranjeros. Eso también hay que cambiarlo.
Exacto Diego. El tema de la reválida de títulos es un desastre en Argentina. Años para tramitarla. Mientras tanto la gente tiene que sobrevivir como puede.
Nota de color para tapar los problemas reales del sistema de salud. El Vilela necesita presupuesto, no donas.
¿Por qué no puede ser las dos cosas? Una historia humana que conmueve Y la denuncia del presupuesto. No todo tiene que ser trinchera.
Mi vieja se atendió en el Vilela cuando éramos chicos y no teníamos nada. Siempre voy a defender ese hospital. Que esta señora lo haga también me llena de orgullo.