La palabra 'precio' se convirtió en una de las más buscadas en Google Argentina y no es casualidad: los argentinos siguen mirando las góndolas con el mismo asombro de siempre, aunque los números macroeconómicos empiecen a mostrar una historia diferente. En Rosario, la escena se repite todos los días en supermercados, verdulerías y almacenes del barrio.
Desde que el gobierno de Javier Milei tomó el control del déficit fiscal y empezó a desmantelar décadas de gasto público descontrolado, la inflación mensual viene cayendo de manera sostenida. Eso es un hecho. Pero los precios acumulados de los últimos años —producto directo del festival de emisión kirchnerista— siguen pesando sobre el poder adquisitivo real de los rosarinos. La herencia no se limpia de un día para el otro, aunque algunos prefieran mirar para otro lado.
En los mercados del centro y los barrios de Santa Fe, los comerciantes reconocen que la desaceleración inflacionaria es real, pero advierten que los márgenes siguen ajustados. El costo de los servicios, las cargas impositivas provinciales y municipales, y una presión fiscal que aplasta a cualquier emprendedor siguen siendo el verdadero lastre. Nadie habla de eso cuando critica los precios altos: es más fácil culpar al almacenero que al Estado que le cobra impuestos por respirar.
El tema es tendencia-que-dijo-ahora-el-polemico-arquero-qu.html" class="auto-link">tendencia a nivel nacional porque los argentinos están en una transición: empiezan a ver la luz al final del túnel macroeconómico, pero el bolsillo todavía no lo siente con claridad. Esa brecha entre los datos duros y la percepción cotidiana es lo que genera millones de búsquedas. La gente quiere saber si lo que paga está bien, si le están cobrando de más, si conviene esperar o comprar ahora.
La respuesta honesta es que la estabilización lleva tiempo. Cuarenta años de populismo fiscal no se revierten en doce meses. Lo que sí es innegable es que el camino del equilibrio presupuestario es el único que históricamente baja los precios de manera genuina y sostenida. Los controles de precios, los acuerdos con supermercados, los programas de Precios Cuidados: todo eso fue probado hasta el hartazgo y fracasó estrepitosamente. El mercado libre, la competencia real y la baja de impuestos son la única receta que funciona.
Mientras tanto, en Rosario, los consumidores siguen comparando, buscando ofertas y ajustando el carrito. Es la adaptación argentina de siempre, pero esta vez con la esperanza —todavía frágil, pero real— de que la macro empiece a traducirse en alivio concreto para los que trabajan, producen y pagan impuestos sin quejarse.
Comentarios (4)
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Por fin alguien dice la verdad. Cuarenta años de peronismo nos dejaron con estos precios. El que no lo ve es porque no quiere.
Muy fácil echarle la culpa al kirchnerismo. Yo voy al super y no me alcanza la plata, eso es lo que importa ahora.
La nota tiene razón en algo: los impuestos que pagamos los comerciantes son una locura. Eso nadie lo dice.
Espero que la baja de inflación se empiece a sentir en el bolsillo pronto. Por ahora sigo mirando los precios y dejando cosas en la góndola.