Lo que pasó la noche del martes 11 de agosto en Rosario no es solo un crimen. Es el último eslabón de una cadena que la comunidad travesti trans viene denunciando desde hace décadas, con la voz cada vez más ronca de tanto gritar y tan poco ser escuchada. Gabriela Banach, 47 años, travesti y militante, fue asesinada. Y la manera en que la mataron dice todo lo que hay que saber sobre el odio que existe detrás.
Esta semana, la comunidad salió a las calles de Rosario con una exigencia concreta: que el crimen sea catalogado como travesticidio. No es un capricho semántico. Es una distinción jurídica y política que reconoce que hay muertes que no ocurren por azar, por robo o por un vínculo afectivo que se torció. Ocurren porque el cuerpo de la víctima es, en sí mismo, el motivo del odio.
Michelle Vargas, militante travesti rosarina que trabaja en la Universidad Nacional de Rosario y está terminando la carrera de Enfermería —un recorrido que ella misma reconoce como una excepción dentro de su comunidad—, lo dijo sin rodeos: «Te siguen matando después de muerta, te siguen pegando después de muerta. A Gaby la violentaron hasta después de muerta». La frase no necesita adornos. Se sostiene sola.
El equipo jurídico que trabaja en el caso Banach apunta al agravante de la modalidad del crimen. «La manera en que nos matan, ese es el agravante. El odio que hay», explicó Vargas. Y puso un ejemplo que no se olvida fácil: Alejandra Ironici, referente trans de la provincia de Santa Fe, fue prendida fuego por su ex pareja. Ya estaba muerta cuando la envolvieron en llamas. Esas son las muertes que tienen las travestis en Argentina.
¿Cuánto más hace falta para que esto deje de ser invisible? La pregunta no es retórica. Es urgente. Porque el contexto nacional no ayuda: la eliminación del Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad, el desfinanciamiento de los programas de Educación Sexual Integral y el discurso del presidente Javier Milei, que eligió a la comunidad LGBT+ como blanco explícito de sus ataques, tienen consecuencias concretas en la vida real. No son debates abstractos de Twitter. Son políticas que dejan a personas más expuestas, más solas y más vulnerables.
La historia de exclusión de la comunidad travesti trans en Argentina es sistemática y documentada. La mayoría fue expulsada de sus hogares al comenzar a transicionar. Hasta hace pocos años, el 80 por ciento de esa población no terminaba la escuela. Sin educación, el empleo formal se vuelve casi imposible. Sin empleo, el acceso a una vivienda digna también. Y sobre todo eso, durante décadas, la persecución policial fue una constante. El círculo se cierra solo, y siempre cierra mal.
En Argentina, la expectativa de vida de mujeres trans y travestis no supera los 45 años. Gabriela Banach tenía 47. Había llegado más lejos que el promedio. Y aun así, la alcanzó la misma violencia que acecha a toda su comunidad. Las que llegan a viejas, señala Vargas, siguen padeciendo exclusiones acumuladas: algunas son derivadas a residencias de ancianos para hombres, y se niegan. Porque la negación de la identidad no termina con la juventud ni con la militancia. Tampoco, al parecer, con la muerte.
El Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+ registró 227 crímenes de odio en 2025, ataques con saña motivados por la identidad de las víctimas. Y mientras esa cifra crece, la semana en Rosario acumuló más noticias que duelen: un femicidio el 18 de agosto, otro el 4 de agosto, otro el 19 de julio, un intento de femicidio el 20 de agosto. En Villa María, el 13 de agosto, otro travesticidio. La violencia no descansa. La pregunta es si la respuesta del Estado tampoco.
Vargas lo resumió con una claridad que incomoda: «Somos las historias que no importan». Ojalá que esta nota, al menos, ayude a demostrar que se equivoca.

Comentarios (13)
Deja tu comentario
Gabriela tenía 47 años y eso ya es una estadística rota. La expectativa de vida de 45 años no es un dato frío, es una condena. Y encima tenemos que salir a pedir que el crimen se llame por su nombre. Hasta cuándo.
Paren con el circo. Un crimen es un crimen. Para qué inventar nuevas categorías? El asesino tiene que ir preso y listo.
El Tano, la categoría importa porque define el agravante y porque reconoce un patrón. No es lo mismo matar por robo que matar con saña por odio a la identidad de alguien. El derecho penal hace esa distinción hace años con el femicidio. Esto es lo mismo.
Romina, igual te digo: el resultado es el mismo. Una persona muerta. No me vengas con categorías políticas.
La frase de Michelle Vargas me partió: 'somos las historias que no importan'. Ojalá que esta vez importe. Ojalá.
Trabajo en salud pública y puedo confirmar que la exclusión que describe la nota es real y documentada. Las pacientes trans llegan al sistema de salud en estados críticos porque evitan ir por miedo a la discriminación. Es un problema estructural enorme que no se resuelve solo con buenas intenciones.
y el gobierno eliminó el ministerio de género justo ahora. genio el presidente
Braian, el ministerio no servía para nada, era un gasto. Los crímenes existían igual.
Marce G eso es como decir que los hospitales no sirven porque la gente igual se muere. Los programas de acompañamiento, los refugios, las líneas de denuncia: todo eso dependía de ese ministerio. Ahora no hay nada.
Conocí a Gaby en una marcha hace unos años. Era una persona con una energía increíble, siempre al frente. Me enteré de la noticia y no lo podía creer. Que descanse en paz y que haya justicia.
La nota está bien escrita pero me pregunto: ¿dónde está el Estado provincial en todo esto? Pullaro no dijo nada. La Municipalidad tampoco. El silencio también es una posición.
Que el 80% no terminaba la escuela no es casualidad. Las echan de sus casas, las discriminan en los colegios, y después nos preguntamos por qué terminan en situaciones de vulnerabilidad. El sistema las empuja al borde y después las criminaliza por estar ahí.